Consejos que me hubiera gustado recibir cuando estudiaba periodismo

Querida Delia

Soy tu yo del futuro y como no tengo nada mejor que hacer quiero decirte algunas cosas ahora que estás estudiando Periodismo en la Complutense.

  • Hiciste bien eligiendo esta carrera. La ley es: si tienes vocación y dinero, estudia otra cosa y cómprate las prácticas haciendo un postgrado; si no tienes dinero y tienes vocación, haz periodismo y ponte a trabajar cuanto antes; si no tienes ni dinero ni vocación, elige cualquier otra carrera.
  • Tus compañeros te conseguirán tus primeros trabajos. Por eso debes estar en la facultad de Periodismo, porque si no ¿cómo vas a conocerlos? Después tirarán de ti los amigos que vayas haciendo en tus primeros lugares de trabajo. El mercado laboral periodístico es invisible, subterráneo, injusto, basado en contactos y muy difícil de atacar desde fuera. Una vez “dentro” es todo más sencillo.
  • Por si eso fuera poco, te va a sorprender lo hereditaria que es esta profesión.
  • Cuando termines, rodéate siempre de periodistas (te mantendrán “dentro”) pero no SOLO de periodistas, que para eso ya se inventará una cosa llamada Twitter.
  • La frase más importante que puedes oír es: “Se está montando un medio nuevo que…”
  • Enseguida descubrirás que la carrera no es seria, pero no te quejes porque te va a beneficiar: así podrás trabajar a la vez. Ya te apuntarás a Filosofía por la UNED cuando tengas 30 y te sientas culpable (lo dejarás en los presocráticos pero la lógica te vendrá bien).
  • Haces bien despachando tus estudios sin matarte por la excelencia. Lo que quieres es ser buena periodista, no ser una buena estudiante de periodismo.
  • Aprovecha el tiempo ganado en los dos puntos anteriores para viajar, leer, escribir y convertirte en una persona interesante.
  • Obsesiónate con cosas, por raras que parezcan, y aprende todo sobre ellas. Una será tu especialización. Todas te servirán para algo.
  • Si el trabajo te hace estar a punto de no terminar la carrera, vas por el buen camino. Si consigues terminar gracias a tus compañeros, sé agradecida.
  • En quinto te van a pasar unos apuntes falsos y te dirán mal aposta la hora de un examen. No te lleves un disgusto, también forma parte del aprendizaje del oficio.
  • Tu primer trabajo será en La Razón, montando la web, trabajando de noche, sin cobrar ni librarás un día durante tres meses seguidos. No dejes que nadie te diga que hiciste mal, porque fue el mejor inicio laboral posible.
  • Hay que aprender inglés, pero no desperdicies los veranos en ello. Es más importante hacer prácticas. Si te vas a Londres y te descuelgas de los círculos periodísticos puede que no tengas a nadie a quien llamar a la vuelta.
  • Ten una visión en conjunto de tu carrera. Una vez te desviarás y tendrás un trabajo estupendo, interesante, bien pagado y aburrido a muerte. Para volver al periodismo tendrás que aceptar cobrar la mitad. Será una de las mejores decisiones de tu vida.
  • Escribe a los señores. Hasta que consigamos cambiarlo, son los señores los que dan y quitan trabajo. Aprovecha que se aburren como todo el mundo y mándales un correo. Si necesitas trabajo, pídeselo, aunque sean casi desconocidos. Nunca minusvalores ni su vanidad ni su necesidad de hacer una buena acción aleatoria de vez en cuando
  • Aprende a facturar
  • Lee y escribe. Desconfía de aquellos a los que no les gusta ni leer ni escribir y dicen que da igual porque quieren hacer radio o tele.
  • Ten un blog. Nunca, jamás, sabes quién va a leer algo que has escrito. No desperdicies la máquina de serendipias que es internet. Tu trabajo más divertido lo conseguirás porque alguien te mandó un correo al formulario de tu página y tuvo que contestar al captcha “¿Es el rosa un color estúpido?”
  • Se agradecida por tu beca de educación, que se terminarán
  • Sigue de alquiler
  • Aprende a cocinar

Qué es un meme (y por qué tu trabajo puede depender de él)

De los cinco millones de botellas de agua en envase de cristal que en junio de 2006 salieron de las fábricas de Solán de Cabras con destino a los bares, cafeterías y restaurantes españoles, dos millones jamás regresaron, en un caso de hurto colectivo y contagioso nunca visto. Los clientes se enamoraron de su bonito color azul y se la llevaron a casa metida en bolsos, escondida entre las camisas o directamente, pidiendo permiso para no retornar ese envase retornable.

Siete años después, a principios de 2013, el joven senegalés Dara Día pasaba en un mes de vender películas en el top manta alrededor del Mercado Central de Valencia a dar conciertos en las discotecas locales. El vídeo musical que había grabado con un amigo sobre un chiste que estaba de moda en esos días en Internet, el “Ola k ase”, había sido un éxito repentino.

Lo que tienen en común las historias del inocente robo masivo de las botellas de Solán y la súbita popularidad de Dara Día es que tras ellas existe un meme exitoso. Un meme es cualquier idea contagiosa, una idea que salta de mente en mente. Solemos relacionar el término con los fenómenos virales de internet, pero como pequeña unidad de la cultura humana, los memes son tan antiguos como nosotros mismos.

El término lo inventó el zoólogo Richard Dawkins en su libro de 1976 “El gen egoísta”. “Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, así los memes se propagan en el acervo de memes al saltar de un cerebro a otro”, decía, y citaba como ejemplos “tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos”.

Son memes, pues, conceptos tan pegajosos como el estribillo de la lambada, la leyenda urbana del hombre que se despertó en la bañera de su hotel sin un riñón, el Cristo de Borja, los montajes del rey Juan Carlos y el elefante que cazó, el Gangnam Style, la idea “es mejor comprar que alquilar”, la moda de llevar zapatillas deportivas con plataforma, las expresiones “hilillos de plastilina” y “fin de la cita” de Mariano Rajoy o el baile impúdico de Miley Cyrus en los VMA. Tras todos ellos existe un contagio imparable entre humanos.

Los memes solo se preocupan por extenderse y sobrevivir, así que no tienen por qué ser buenos, ni bellos, ni útiles, ni verdad. El gran problema -y la razón última por la que el término meme está ahora tan de moda- es que la llegada de internet ha multiplicado de forma exponencial el número de ideas y contagios a los que estamos expuestos. Solo hace falta comparar el volumen de información que recibe un adolescente hoy con el que consumían sus padres. Los medios de comunicación ya no pueden filtrar estar avalancha, así que el bombardeo de memes nocivos es más intenso que nunca antes en la historia.

Incluso los memes que solo son irrelevantes nos hacen daño. Cuando Miley Cyrus o el “fin de la cita” secuestran nuestra atención porque estamos demasiado saturados o desconcentrados como para discernir lo importante, estamos eligiendo una cortina de humo mental ante la información que sí es buena, bella, útil o verdad. Los medios de comunicación, en el centro del huracán, incapaces de asumir que han sido destronados como único filtro de la realidad, se han dejado seducir por la audiencia que irremediablemente atraen los memes, contaminando aún más un ecosistema informativo ya en crisis por otras razones.

A ese sistema, definido por los memes descontrolados, lo he llamado Memecracia en una obra recién publicada que examina en profundidad qué son los memes, cuáles sus mecanismos de contagio y que peligros acechan tras ellos.

Tras la llegada de internet, sectores como la política, la publicidad, la empresa, los medios o el activismo dependen de lograr una atención que nunca ha estado tan dividida ni tan distraída. De conocer su funcionamiento y saber aprovecharlo o resistirnos a él dependerá nuestro futuro, tanto si nuestro trabajo depende del contagio ideas como si, tan solo, intentamos concentrar nuestra mente dispersa en aquello que de verdad nos interesa.

(Artículo originalmente publicado en toyoutome)

El secreto de la viralidad

Hace un año y medio vi un vídeo en internet que me impresionó. Se llamaba Kony 2012 y era un documental realizado por una pequeña ONG que pretendía llamar la atención sobre un señor de la guerra africano. Me impresionó a mí y también a los bienintencionados que donaron 5 millones de dólares en 48 horas. Hoy más de 100 millones de personas en el mundo han visto este viral atípico por su duración (media hora) y su tema en principio tan poco atractivo.

Pronto la emoción que provocó en mi se transformó en indignación. Me di cuenta de que ese vídeo había sido prefabricado para manipular mis sentimientos. Para hacerme reír, llorar, indignarme y finalmente, donar y contagiarles la emoción a mis amigos.

Ese día, con la intuición y la sospecha de que si una diminuta organización había logrado capturar y dirigir la audiencia global de ese modo qué no estarían haciendo otros, decidí investigar a fondo un fenómeno, el de lo viral, que siempre me ha obsesionado. Lo experimentamos cada día, pero ¿qué es exactamente? ¿cómo se contagian las ideas? ¿por qué unas triunfan rápidamente y otras no? ¿por qué todo el mundo parece estar obsesionado con ello? ¿qué ha pasado con internet? ¿qué tiene que decir la ciencia? ¿quiénes están conspirando en la política, el periodismo, el mundo de la fama y el espectáculo para secuestrar nuestra atención? ¿qué podemos hacer contra ellos?

El resultado de esta obsesión se llama Memecracia: Los virales que nos gobiernan y acaba de salir a la venta.

Un meme no es solo un monigote feo de internet, un chiste sobre el relaxing cup of café con leche de Ana Botella, el Gangnam Style, Kony o los montajes del Cristo de Borja. Un meme es cualquier idea contagiosa. Hasta hace poco, un meme podía tardar siglos en extenderse por el mundo y eso sólo le ocurría a aquellos excepcionales. Hoy recibimos más información que nunca y todos los memes del mundo -de los más revolucionarios a los más triviales- compiten a la vez por nuestra pobre y agotada atención. Los medios ya no nos sirven de filtro como antes. Hoy compramos, votamos, nos informamos y opinamos con memes que no hemos elegido de forma racional sino emocional y que otros han sembrado por nosotros. A este sistema lo he llamado Memecracia.

Aunque volviendo al título del post, ¿cuál es el secreto de lo viral? ¿por qué Kony sí y el resto no? Conseguir un contenido contagioso es tan difícil que los investigadores han calculado que es más sencillo que te toque la lotería que tu vídeo de YouTube se haga popular.

Desde el mundo del marketing llevan décadas intentado dar con la fórmula mágica que hace una idea irresistible. No la hay. Y aunque la hubiera, las relaciones entre los humanos son tan complejas que nada garantizaría su propagación.

De lo que sí se está cerca es de capturar el misterio del contagio, ese momento en el que uno decide compartir o no con los demás cierto meme. Los investigadores saben que transmitimos aquello que nos provoca emociones tan intensas como para excitarnos físicamente, sea de forma positiva o negativa: la sorpresa, la angustia, la ansiedad, la hilaridad, la euforia, lo indignante nos hacen poner el dedo en el botón de “compartir” o “reenviar”. Es por eso por lo que no solemos compartir con los amigos un análisis sobre si España puede permitirse unos juegos (puede ser interesante pero no provoca asombro) pero sí el relaxing cup que provoca hilaridad e indignación. Nos fijamos más en una anécdota horrible que en toda una realidad que tan solo sea triste.

Los científicos también han medido con escáneres qué pasa en los cerebros cuando reciben este tipo de contenido. Lo viral tiene la particularidad de iluminar la parte que dedicamos a pensar en los demás. Dicho de otro modo, las ideas contagiosas nos hacen pensar en los otros. Es decir, ese relaxing cup nos indigna, nos hace reír y enseguida pensamos “esto tiene que verlo fulano” y se lo enviamos. Somos, en la expresión de Matthew Lieberman, “DJ de la información“: escaneamos nuestro entorno y modificamos el humor de los nuestros a través de los memes.

En el fondo es algo ancestral y disfrutamos extendiendo nuestros memes y manteniendo la relación con los otros porque de eso dependemos como especie. Pero en la Memecracia estamos tan conectados entre nosotros, recibimos tanta información, está todo tan acelerado que permitimos que la emoción de lo viral dirija nuestra atención. Corremos el peligro de fijarnos solo en los memes que son mejores transmitiéndose, no en los que son mejores para nosotros, más importantes o más verdaderos.

En este viaje, además de con Kony, me he encontrado un mundo fascinante poblado por neuronas espejo, forever alones, oxitocina, gifs animados, Richard Dawkins, el Amo a Laura, storytellers, leyendas urbanas, chivos expiatorios, víctimas súbitas de lo viral, Obama, Buzzfeed, Mercadona, superestrellas del pop y gatos multimillonarios con representantes. Si te interesa la vida de las ideas, puede que te guste.

(Texto originalmente publicado en El Huffington Post)