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Uber

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Aquí, en Miami, todos estamos un poco obsesionados con los conductores de Uber. Está el que nos metió en dirección contraria, el distribuidor de Herbalife que tuvo un gimnasio, la que hacía declaraciones de impuestos, el que acababa de perder su empleo y se había puesto a conducir, el que organizaba un festival de cine cada año, el músico profesional recién llegado. A veces guardamos sus tarjetas, que se nos mezclan con los papeles absurdos que nos manda el banco (ha cambiado usted su contraseña, ¿está seguro de que usted es usted?).

Está también el Uber Pool que paró en mitad de la carrera para ver qué se había dejado en el maletero el cliente anterior que le estaba llamando tanto, y que en lugar de unos palos de golf se encontró una bolsa de marihuana. Nos llevan cubanos, venezolanos, colombianos. A partir del décimo Uber se habla menos, se les pide que bajen el aire, no se responde con tantas ganas al “ah, son ustedes españoles, verdad?”

Menudas historias las del Uber, nos decimos aquí, y prometemos apuntarlas.

Cuando llevas pedidos más de treinta y de cuarenta (acabas de llegar y no tienes coche, explicas, y eso es muy raro porque en esta ciudad se tienen dos piernas porque los coches tienen dos pedales) te das cuenta de que que solo vas a hablar con desconocidos si hay propina por medio. La normalidad es meterse en el asiento de atrás de alguien y darle dinero para que te lleve a un sitio. Los peatones parecen decorados aleatorios de un GTA (¿qué serie de desgracias les habrán llevado a tener que cruzar la autopista a pie?) siempre solos, descontextualizados, sincronizándose a veces con el reggaetón de la radio que tú escuchas y ellos no. Hace una eternidad, por lo menos un mes y medio, tú fuiste uno de ellos en otra ciudad en la que nada de esto ocurría.

Tener tiempo

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Desde diciembre tengo algo que nunca tuve: tiempo.

Al principio no supe muy bien qué hacer con él. Me apunté a la autoescuela, hice recados, cerré la casa.

Después empezaron los viajes. Tánger, Miami*, Logroño, las Alpujarras, cualquier sitio, por qué no. Pero tener tiempo no es lo mismo que estar de vacaciones. Las vacaciones no se rellenan solas: está la obligación de pasárselo bien, de fingir que se trata de un estado eterno, de olvidar que llevan en su nombre la vuelta.

Al final no quedó ya casi nada. Dormir y hacer lavadoras, ir al mercado y escribir.

Tener tiempo es revelador, pero más por lo que dejas de hacer que por lo que haces. Descubres que si no navegas como antes es porque no te gusta, que si pasas menos tiempo en internet es porque -aunque sea gratis- lo pagas con tu vida. Sabes la razón por la que no mandas un WhatsApp, por la que nunca actualizas tu blog. 

Tener tiempo es terrorífico porque te deja sin excusas, mirando todo lo que -te prometes- no volverás a hacer cuando no tengas ni un segundo para nada.

(*No, aún no estoy en mi nuevo curro en Miami. Sí, iré pronto)

Por qué he dejado de buscar

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Prueba a buscar algo importante en internet. Por ejemplo, “amor”.

Todos los resultados están mal. Todo está roto. “Encontrar el amor, el gran amor, hacer el amor”, dice el gran pozo de basura que es enfemenino. No es poesía, es SEO.

Quizá encontremos alguna pista (una imagen, un frase, una idea), pero estaremos tan cansados de buscar que no reconoceremos las señales que nos dicen “es por aquí”.

En un mundo en el que faltan fábulas, buscamos mitologías compartidas en Kim Kardashian, Belén Esteban y Letizia Ortiz. En un mundo sin tiempo para la ficción, acabamos leyendo sobre el amor en Upsocl. En un mundo sin Héctor ni Aquiles, nos sirve el héroe viral que salvó a un cachorro. Sin novelas de caballerías que nos enfermen, Forocoches nos llama a todas P_T_S. 

Internet podría contener todas las historias, pero si buscas “amor”, te sugieren que lo intentes con “amor Gran Hermano”. Estamos todos a la vez buscándolo todo en Google, que es último lugar donde hacerlo. 

Todo esto para decir que he vuelto a leer novelas.