Estos días pienso mucho en los señores. Ser un señor no tiene nada que ver con la edad, la pinta o el género. Se puede ser un señor llevando sudaderas o siendo mujer; y al contrario, se puede no serlo a pesar del traje y la edad, a veces incluso llevamos uno dentro, pero un señor tiende a ser un señor.

Los señores son como el aire contaminado. Algo que te rodea y en lo que no sueles pensar, pero que te enferma mientras crees que la culpa es de otra cosa porque, ay, cómo sería de angustioso vivir siendo consciente a cada momento de que el aire te envenena. La debilidad que te provocan los señores es literal: no investigan para curar tus enfermedades, no publican en sus medios información que podría cambiarte la vida, legislan para que no seas dueña de tu cuerpo, no te permiten comer ni ejercitarte ni perder el tiempo ni vivir ni cobrar como necesitas para estar fuerte.

Es cuando posees algo valioso cuando los señores se ponen más nerviosos ante la posibilidad de que se lo niegues. Si eres una mujer, prueba. Ni siquiera es necesario ejercer de lisístratas pringadas, basta con negarle un deseo a un señor, di que preferirías no hacerlo, que nanai, que de ninguna manera, y observa.